
No estaba yo muy decidida... la verdad, más bien al contrario, absolutamente desanimada para juegos... sin embargo me convenciste, como siempre sueles hacer.
Tus manos se sentían más suaves que nunca sobre mi espalda… el tacto era distinto, intenso, nuevo, apaciguador… notaba claramente toda la presión de tus dedos sobre mi piel para que lentamente lograra relajarme por completo con tus caricias.
La música hindú acompañaba esa sesión de mimos y masajes, envolviendo la estancia de manera magistral para ensalzarlo aun más con cientos de pequeñas velas encendidas que habías preparado minuciosamente para la ocasión.
Tirada en el suelo, desnuda, sobre acolchados cojines de colores, me invitabas a poner mi mente en blanco y dejarme llevar. Conseguiste que me sintiera flotando sobre una nube, dejándome mecer por ese ambiente y por el adorable ritmo que llevaban tus dedos sobre mí…
No tenías prisa, se notaba que se lo habías preparado a conciencia y que como siempre, sabes cuánto me gustan esas cosas así… en plan tranquilo… a fuego lento. Un aceite de almendras se deslizaba frío por mis hombros y poco a poco fue tomando temperatura a medida que se mezclaba entre tus dedos y mi piel. El olor se percibía intenso y la música seguía relajando mi mente y mi cuerpo.
Ninguna parte de mi piel dejaba de ser acariciada por tus suaves manos: mis hombros, mi cintura, mis muslos, mi cuello, mis caderas… mis pechos… subiendo y bajando armoniosamente, descargando dulcemente toda la tensión acumulada…
Lograste tu propósito... durante al menos media hora me hiciste sentir puro placer, renovándome por dentro y por fuera, alejada de la tensióny del mundo exterior.
No hubo sexo...no y creo que no hizo falta... conseguiste seducirme una vez más, para después, desnudos, seguir jugando con miradas furtivas y sonrisas cómplices. ¿Cuando repetimos?